*

Por más proyectos de cambio que uno haga, nunca se cambia voluntariamente el fondo, la esencia, que suele ser el nudo de los peores defectos que uno tiene.

El congreso de literatura.
César Aira.

*

Hay tantísimas fronteras
que dividen a la gente,
pero por cada frontera
existe también un puente.

—Gina Valdez.

*

Wherever I hang me knickers - that's me home.
 
Wherever I Hang.
Grace Nichols.

*

Home. Home. Home is a house in a photograph.

The House on Mango Street.
Sandra Cisneros.

*

Don't write in English, they said,
English is not your mother tongue. Why not leave
Me alone, critics, friends, visiting cousins,
Every one of you? Why not let me speak in
Any language I like? The language I speak
Becomes mine, mine, mine alone.

An Introduction.
Kamala Das.

*

This is the world ends
This is the world ends
This is the world ends
Not with a bang but a whimper

The Hollow Men.
T. S. Eliot.

*

The best lack all conviction, while the worst
Are full of passionate intensity


The Second Coming.
William Butler Yeats.

*

Things fall apart; the centre cannot hold;
Mere anarchy is loosed upon the world

The Second Coming.
William Butler Yeats.

*

I have measured out my life with coffee spoons

The Love Song of J Alfred Prufrock.
T. S. Eliot.

*

Do I dare
Disturb the universe?

The Love Song of J Alfred Prufrock.
T. S. Eliot.

*

There will be time, there will be time
To prepare a face to meet the faces that you meet

The Love Song of J Alfred Prufrock.
T. S. Eliot.

*

Did you ever notice, Felice continued, how nothing around here is named after a woman? Really. Unless she's the Virgin. I guess you're only famous if you're a virgin.

Woman Hollering Creek.
Sandra Cisneros.

*

How when a man and a woman love each other, sometimes that love sours. But a parent's love for a child, a child's for its parents, is another thing entirely.

Woman Hollering Creek.
Sandra Cisneros.

*

Me impongo el trabajo de inventarlo todo; cuando no hay más remedio que recuperar algo ya existente, prefiero echar mano a la realidad.

El congreso de literatura.
César Aira.

*

¡Cómo vuela la vida! Para el corazón el tiempo no pasa.

El congreso de literatura.
César Aira.

*

Por suerte para él, no estaba loco de verdad, la sed de poder no lo cegaba: tenía el margen de lucidez suficiente para cambiar a tiempo.

El congreso de literatura.
César Aira.

*

Una sensación de asco empezó a encorajinar mi vida dentro de aquel antro, rodeado de esa gente que no vomitaba más que palabras de ganancia o ferocidad. Me contagiaron el odio que a ellos les crispaba las jetas y momentos hubo en que percibí dentro de la caja de mi cráneo una neblina roja que se movía con lentitud.
Cierto cansancio terrible me aplastaba los brazos. Veces hubo en que quise dormir dos días con sus dos noches. Tenía la sensación de que mi espíritu se estaba ensuciando, de que la lepra de esa gente me agrietaba la piel del espíritu, para excavar allí sus cavernas oscuras.
Acostábame rabioso, despertaba taciturno.
La desesperación me ensanchaba las venas, y sentía entre mis huesos y mi piel el crecimiento de una fuerza antes desconocida a mis sensorios. Así permanecía horas enconado, en una abstracción dolorosa.

El juguete rabioso.
Roberto Arlt.

*

—Decime, ¿por qué rompiste con Eleonora?
—Qué se yo. ¿Te acordás? Me regalaba flores.
—¿Y?
—Después me escribió unas cartas. Cosas rara. Cuando dos se quieren parece adivinarse el pensamiento. Una tarde de domingo salió a dar vuelta a la cuadra. No sé por qué yo hice lo mismo, pero en dirección contraria y cuando nos encontramos, sin mirarme alargó el brazo y me dio una carta. Tenía una vestido rosa té, y me acuerdo que muchos pájaros cantaban en lo verde.
—¿Qué te decía?
—Cosas tan sencillas. Que esperara… ¿te das cuenta? Que esperara a ser más grande.
—Discreta.
—¡Y qué seriedad, che Enrique! Si vos supieras. Yo estaba allí, contra el fierro de la verja. Anochecía. Ella cantaba… a momentos me miraba de una forma… y yo sentía genas de llorar… y no nos decíamos nada… ¿qué nos íbamos a decir?

El juguete rabioso.
Roberto Arlt.

*

—Te traicioné.
—Yo también te traicioné —dijo él.
Julia lo miró otra vez con disgusto. Y dijo:
—A veces te amenazan con algo…, algo que no puedes soportar, que ni siquiera puedes imaginarte sin temblar. Y entonces dices: «No me lo hagas a mí, házselo a otra persona, a Fulano de Tal». Y quizá pretendas, más adelante, que fue solo un truco y que lo dijiste únicamente para que dejaran de martirizarte y que no lo pensabas de verdad. Pero no. Cuando ocurre eso se desea de verdad y se desea que a la otra persona se lo hicieran. Crees entonces que no hay otra manera de salvarte y estás dispuesto a salvarte así. Deseas de todo corazón que eso tan terrible le ocurre a la otra persona y no a ti. No te importa en absoluta lo que pueda sufrir. Solo te importas entonces tú mismo.
—Solo te importas entonces tú mismo —repitió Winston como un eco.

1984.
George Orwell.

*

De repente, como un madero de un naufragio que se suelta y emerge en la superficie, le acudió este pensamiento: «No ocurre la realidad. Lo imaginamos. Es una alucinación». Aplastó en el acto este pensamiento levantisco. Su error era evidente, porque presuponía que en algún sitio existía un mundo real donde ocurrían cosas reales. ¿Cómo podía existir un mundo semejante? ¿Qué conocimiento tenemos de nada si no es a través de nuestro propio espíritu? Todo ocurre en la mente y solo lo que allí sucede tiene una realidad.

1984.
George Orwell.

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No te figures que vas a salvarte, Winston, aunque te rindas a nosotros por completo. Jamás se salva nadie que se haya desviado alguna vez. Y aunque decidiéramos dejarte vivir el tiempo de tu vida natural, nunca te escaparás de nosotros. Lo que te está ocurriendo aquí es para siempre. Es preciso que se te grabe de una vez para siempre. Te aplastaremos hasta tal punto que no podrás recobrar tu antigua forma. Te sucederán cosas de las que no te recobrarás aunque vivas mil años. Nunca podrás experimentar de nuevo un sentimiento humano. Todo habrá muerto en tu interior. Nunca más serás capaz de amar, de amistad, de disfrutar de la vida, de reírte, de sentir curiosidad por algo, de tener valor, de ser un hombre íntegro… Estarás hueco. Te vaciaremos y te rellenaremos de… nosotros.

1984.
George Orwell.

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Debéis acostumbraros a la idea de vivir sin esperanza. Trabajaréis algún tiempo, os detendrán, confesaréis y luego os matarán. Esos serán los únicos resultados que podréis ver. No hay posibilidad de que se produzca ningún cambio perceptible durante vuestras vidas. Nosotros somos los muertos. Nuestra única vida verdadera está en el futuro.

1984.
George Orwell.

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«Esto es inevitable», parecía decir su voz; «esto es lo que hemos de hacer queramos o no. Pero ya no tendremos que hacerlo cuando la vida vuelva a ser digna de ser vivida».

1984.
George Orwell.

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—Si quieren que confesemos —replicó Julia— lo haremos. Todos confiesan siempre. Es imposible evitarlo. Te torturan.
—No me refiero a la confesión. Confesar no es traicionar. No importa lo que digas o hagas, sino los sentimientos. Si pueden obligarme a dejarte de amar… esa sería la verdadera traición.
Julia reflexionó sobre ello.
—A eso no pueden obligarte —dijo al cabo de un rato —. Es lo único que no puede hacer. Pueden forzarte a decir cualquier cosa, pero no hay manera de que te lo hagan creer. Dentro de ti no pueden entrar nunca.
—Eso es verdad —dijo Winston con un poco más de esperanza—. No pueden penetrar en nuestra alma. Si podemos sentir que merece la pena seguir siendo humano, aunque esto no tenga ningún resultado positivo, los habremos derrotado.

1984.
George Orwell.

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Cuando se amaba a alguien, se le amaba por él mismo, y si no había nada más que darle, siempre se le podía dar amor.

1984.
George Orwell.

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Hablándole, comprendía Winston qué fácil era presentar toda la apariencia de la ortodoxia sin tener idea de qué significaba realmente lo ortodoxo. En cierto modo la visión del mundo inventada por el Partido se imponía con excelente éxito a la gente incapaz de comprender. Hacía aceptar las violaciones más flagrantes de la realidad porque nadie comprendía del todo la enormidad de lo que se les exigía ni se interesaba lo suficiente por los acontecimientos públicos para darse cuenta de lo que ocurría. Por falta de comprensión, todos eran políticamente sanos y fieles.

1984.
George Orwell.

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Dicen que el tiempo lo cura todo,
dicen que siempre se olvida,
pero las sonrisas y lágrimas
a lo largo de los años
me retuercen el corazón.

1984.
George Orwell.

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Pensó Winston que Julia era muy joven, que esperaba todavía bastante de la vida y por tanto no podía comprender que empujar a una persona molesta por un precipicio no resuelve nada.

1984.
George Orwell.

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La libertad es poder decir libremente que dos y dos son cuatro. Si se concede esto, todo lo demás vendrá por sus pasos contados.

1984.
George Orwell.

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Era como si una inmensa fuerza empezara a aplastarle a uno, algo que iba penetrando en el cráneo, golpeaba el cerebro por dentro, le aterroriza a uno y llegaba casi a persuadirle que era de noche cuando era de día. Al final, el Partido anunciaría que dos y dos son cinco y habría que creerlo. Era inevitable que llegara algún día al dos y dos son cinco. La lógica de su posición lo exigía. Su filosofía negaba no solo la validez de la experiencia, sino que existiera la realidad externa. La mayor de las herejías era el sentido común. Y lo más terrible no era que le mataran a uno por pensar de otro modo, sino que pudieran tener razón. Porque, después de todo, ¿cómo sabemos que dos y dos son efectivamente cuatro? O que la fuerza de gravedad existe. O que el pasado no puede ser alterado. ¿Y si el pasado y el mundo exterior solo existen en nuestra mente y, siendo la mente controlable, también pueden controlarse el pasado y lo que llamamos realidad?

1984.
George Orwell.