*

Había creído ver, en su desvarío, que el mundo entero era víctima de una terrible peste que arrancaba de las profundidades del Asia y se extendía hacia Europa. Los seres humanos estaban condenados a perecer, excepto un número, muy reducido, de elegidos. Habían aparecido unas triquinas de tipo nuevo, seres microscópicos que se introducían en el cuerpo de las personas. Pero tales seres eran espíritus dotados de inteligencia y de voluntad. Las personas en cuyos cuerpos se infiltraban se volvían en seguida endemoniadas y locas. Pero nunca, nunca, los hombres se habían considerado tan lúcidos y tan seguros de que estaban en posesión de la verdad como los apestados. Nunca habían tenido tanta confianza en la infalibilidad de sus sentencias, en la firmeza de sus conclusiones científicas, de sus convicciones morales y religiosas. Poblados enteros, ciudades y pueblos, se contagiaban de aquella locura. Estaban alarmados, nadie comprendía a los demás; cada uno pensaba que él poseía la verdad y se atormentaba al mirar a los demás, se golpeaba el pecho, lloraba y se retorcía las manos. No sabían a quién juzgar ni cómo juzgarle; no podían ponerse de acuerdo sobre lo que era el mal y lo que era el bien. No sabían a quién acusar y a quién declarar inocente. Los hombres se mataban entre sí llevados por una rabia absurda. La gente se reunía formando ejércitos enteros para combatirse, pero una vez en marcha, los ejércitos empezaban a desgarrarse de pronto, se descomponían las filas, los combatientes se arrojaban unos contra otros, se degollaban, se pasaban a cuchillo, se mordían y se comían mutuamente. En las ciudades, se tocaba a rebato a diario: se convocaba a todo el mundo, pero quién convocaba y para qué eran cosas que nadie sabía, y todos estaban alarmados. Se abandonaban los oficios más corrientes, pues cada persona presentaba sus ideas, sus reformas, y no podían llegar a un acuerdo.

Crimen y castigo.
Fiodor Dostoievski.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

¡Dejame tu comentario!