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*

–¿En qué te basas para considerarte tan lista? –le pregunté.
–En que no estaría dispuesta a ir a tomar un café contigo –respondió.
–Ni a mí se me ocurriría invitarte.
–En eso se nota que eres tonto –dijo entonces.

—Love Story.
Erich Segal.

*

—Jen
—Ollie…Los dos hablábamos en voz tan baja que era imposible captar las implicaciones emocionales.
—Se me olvidó la llave —dijo Jenny.
Yo permanecía de pie, abajo, sin atreverme a preguntarle cuánto tiempo llevaba esperando, sabiendo únicamente que había sido terriblemente injusto con ella.
—Jenny, lo siento mucho…
—¡Basta! —Jenny cortó en seco mis excusas, y después dijo, en voz muy baja: —Amar significa no tener que decir nunca «lo siento mucho».

—Love Story.
Erich Segal.

*

—No me abandones, Jenny. Por favor.
—¿Y mi beca? ¿Y París, donde no he estado en toda mi condenada vida?
—¿Y nuestra boda?
Fui yo quien pronunció estas palabras, aunque por espacio de una décima de segundo me pareció increíble haberlo hecho.
—¿Quién habló de boda?
—Yo. Estoy hablando en este mismo momento.
—¿Quieres casarte conmigo?
—Sí.
Jenny ladeó la cabeza; y, sin sonreír en absoluto, se limitó a preguntar:
—¿Por qué?
La miré a los ojos, fijamente.
—Porque sí —dije.
—Oh —dijo Jenny. Es una razón excelente.

—Love Story.
Erich Segal.

*

—Oye, Oliver: ¿te he dicho que te quiero? —me preguntó Jenny.
—No, Jen.
—Entonces, ¿por qué no me lo has preguntad nunca?
—Porque me daba miedo, francamente.
—Pregúntamelo ahora.
—¿Me quieres Jenny?
Me miró, y no para rehuir la respuesta que yo esperaba, ciertamente, me preguntó a su vez:
—¿A ti qué te parece?
—Que sí. Digo yo. Tal vez.
La besé en el cuello.
—Oliver…
—Dime…
—No es que no te quiera…
¡Santa Dios, con qué saldría ahora!
—Es que te adoro, Oliver.

—Love Story.
Erich Segal.

*

Hablamos en un susurro:
—Oye, Jen…
—Dime.
—Jen… ¿qué dirías si te dijera…?
Vacilé. Jenny esperaba.
—Creo… creo que me he enamorado de ti.
Se hizo una pausa. Después Jenny contestó, en voz muy baja:
—Diría… que así reventaras.
Y colgó.
No me sentí desdichado. Ni sorprendido.

—Love Story.
Erich Segal.

*

¿Qué se puede decir de una muchacha de veinticinco años que murió?
Que era hermosa. Y terriblemente inteligente. Que adoraba a Mozart y a Bach. Y a los Beatles. Y a mí.

—Love Story.
Erich Segal.