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—¡Virtud…! ¡Pura quimera! —recitó con la voz tapizada por la pena el actor—. En nosotros mismos tenemos lo necesario para ser felices o desgraciados. Nuestro cuerpo es un jardín cuyo jardinero es la voluntad. Da lo mismo que plantemos ortigas, flores, tilo o espinas; que lo adornemos con multitud de hierbas o que sembremos las especies más variadas; da lo mismo que nuestra haraganería lo deje yermo o que nuestra laboriosidad lo convierta en fecundo, siempre es nuestra voluntad la que, revestida de la autoridad pertinente, lo dirige y lo corrige todo. Si en la balanza de la vida la razón no sirviera de contrapeso a los sentidos, cometeríamos muchas atrocidades. Sin embargo, hemos sido dotados de razón para calmar el ardor de los sentidos y las pasiones que no son lícitas.

—La noche de la tempestad.
César Vidal.

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—A menudo —comenzó a decir el actor— pensamos que sujetamos las riendas del destino en nuestras manos. Por regla general esa sensación engañosa se apodera de nosotros cuando da la impresión de que las cosas van bien. Por una extraña conjunción de circunstancias, nuestra salud nonos causa problemas, los asuntos de la familia transcurren felizmente, el trabajo no falta e incluso podemos regalarnos con una pierna de carnero y una pinta de cerveza. Se diría que nuestra vida ha quedado encauzada de forma adecuada y que así persistirá hasta que exhalemos sosegadamente el último aliento. Pero, señora, nos equivocamos y además no tardamos en darnos cuenta de ellos.

—La noche de la tempestad.
César Vidal.

*

Todo aquello lo dijo con un hilo de voz, como un susurro, pero me heló la sangre en las venas. Es curioso, ¿verdad? A veces una palabra pronunciada en voz baja, puede resultar mucho más amenazadora, mucho más peligrosa, mucho más letal que la arenga pronunciada a la voz en cuello por un general.

—La noche de la tempestad.
César Vidal.