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—¿Qué miras, papá?
—Estoy buscando lógica terrestre, sentido común, gobierno honesto, paz y responsabilidad.
—¿Todas esas cosas están allá arriba?
—No. No las he encontrado. Ya no existen allá. Y ya nunca volverán a existir. Quizás nunca existieron.

Crónicas marcianas.
Ray Bradbury.
[Traducción de Francisco Abelenda]

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No soy nadie; soy solamente yo mismo. Donde quiera que esté soy algo, y ahora soy algo que usted no puede impedir.

Crónicas marcianas.
Ray Bradbury.
[Traducción de Francisco Abelenda]

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Siento como si estuviese muerta, pensó Janice, en el cementerio, en una noche primaveral, y todo viviese, menos yo, y todo se moviera, dispuestos a continuar la vida sin mí. En otras primaveras, cuando era muy joven, pasaba por el cementerio y lloraba. Había muertos, y eso me parecía injusto. En noches tan suaves como ésta me sentía viva, y culpable. Y ahora aquí, esta noche, siento que me han sacado del cementerio y me dejan pasear para que vea una vez más cómo es la vida. Cómo es una ciudad, y la gente, antes que me cierren la puerta en la cara.

Crónicas marcianas.
Ray Bradbury.
[Traducción de Francisco Abelenda]

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Esta noche había en el aire un olor a tiempo. Tomás sonrió. ¿Qué olor tenía el tiempo? El olor del polvo, los relojes, la gente. ¿Y qué sonido tenía el tiempo? Un sonido de agua en una cueva, y una voz muy triste, y unas gotas sucias que caen sobre cajas vacías, y un sonido de lluvia. Y aún más, ¿a qué se parecía el tiempo? A la nieve que cae calladamente en una habitación oscura,  a una película muda en un cine muy viejo, a cien millones de rostros que descienden como esos globitos de Año Nuevo, que descienden y descienden en la nada. Eso era el tiempo, su sonido, su olor. Y esta noche (y Tomás sacó una mano fuera de la camioneta), esta noche casi se podía tocar el tiempo.

Crónicas marcianas.
Ray Bradbury.
[Traducción de Francisco Abelenda]

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No todos los días se vuelve a vivir.

Crónicas marcianas.
Ray Bradbury.
[Traducción de Francisco Abelenda]

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—Los hombre de Marte comprendieron que para sobrevivir no debían preguntarse ¿para qué vivir? La respuesta estaba en la vida misma. Vivir era propagar la vida, la vida mejor. Los marcianos comprendieron que se preguntaban ¿para qué vivir? en la culminación de algún período de guerra y desesperanza, cuando no hay respuesta. Pero cuando pasa la crisis y termina la guerra, lo insensato de la pregunta tiene un nuevo sentido. La vida es buena, y las discusiones son inútiles.
—Me parece que los marcianos eran bastante ingenuos.
—Sólo cuando les convenía. Renunciaron a destruirlo todo, a humillarlo todo. Combinaron religión, arte y ciencia, pues la ciencia no es más que la investigación de un milagro inexplicable, y el arte, la interpretación de ese milagro. La ciencia entre ellos no se opuso a la belleza. Se trata sencillamente de una cuestión de grados. Un hombre de la Tierra piensa: «Es ese cuadro no hay realmente color. Un físico puede probar que el color es sólo una forma de la materia, un reflejo de la luz, no la realidad misma». Un marciano, mucha más inteligente, diría: «Este cuadro es hermoso. Nació de la mano y la mente de un hombre inspirado. Me gusta este cuadro».


Crónicas marcianas.
Ray Bradbury.
[Traducción de Francisco Abelenda]

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Behind each of these books, there's a man. That's what interests me.

Fahrenheit 451.
Ray Bradbury.

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Cuando no se puede tener la realidad, bastan los sueños.

Crónicas marcianas.
Ray Bradbury.
[Traducción de Francisco Abelenda] 

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VIVO EN UN POZO. Vivo como humo en el pozo. Como vapor en una garganta de piedra. No me muevo. No hago otra cosa que esperar. Arriba veo las estrellas frías y la noche y la mañana, y veo el sol. Y a veces canto viajas canciones del tiempo en que el mundo era joven. ¿Cómo podría decirles quién soy si ni siquiera yo lo sé? No puedo. Espero, nada más. Soy niebla y luz de luna y memoria. Estoy triste y estoy viejo. A veces caigo como lluvia en el pozo. Cuando mi lluvia cae rápidamente unas telarañas se forman en la superficie del agua. Espero en un silencio frío y un día no esperaré más.

Las maquinarias de la alegría.
Ray Bradbury.

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Odio la astucia cuando uno no se siente realmente astuto, ni quiere serlo, pensaba el capitán. No puede enorgullecerse de ser un espía y un tramposo. Odio pensar que estoy cumpliendo con mi deber cuando no estoy seguro de que sea así. Al fin y al cabo, ¿quiénes somos nosotros? ¿La mayoría? ¿Es esa una respuesta? La mayoría siempre tiene razón, ¿no es así? Siempre, siempre. Jamás se equivoca, ni un breve e insignificante momento. En diez millones de años jamás se equivocó. ¿Qué es esta mayoría?  ¿Quiénes la forman? ¿Qué piensa? ¿Cómo emprendió este camino? ¿Cambiará alguna vez? ¿Y por qué demonios he ingresado en esta putrefacta mayoría? No me siento a gusto. ¿Será claustrofobia, temor a las muchedumbres, o sentido común? ¿Es posible que un hombre tenga razón, aunque el resto del mundo crea que está equivocado? No pensemos en eso. Sometámonos, animémonos, y apretemos el gatillo.

Crónicas marcianas.
Ray Bradbury.
[Traducción de Francisco Abelenda] 

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—Es usted optimista.
—He encontrado un motivo para luchar y vivir. Eso me hace más peligroso. He encontrado algo similar a una religión. Es como aprender a respirar otra vez, sentir en la piel la caricia del sol, escuchar música, leer un libro… ¿Qué me ofrece a cambio su civilización?

Crónicas marcianas.
Ray Bradbury.
[Traducción de Francisco Abelenda] 

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¿Acaso alguno de sus hombres comprendería verdaderamente todo esto? Son cínicos profesionales, y para ellos es demasiado tarde. ¿Por qué quiere volver junto a ellos? ¿Para vivir con el rebaño? ¿Para comprarse un giróscopo, como cualquiera de sus vecinos? ¿Para oír la música del dinero y no la del corazón?

Crónicas marcianas.
Ray Bradbury.
[Traducción de Francisco Abelenda]

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El animal no discute la vida, vive. Su única razón de vivir es la vida. Ama la vida y disfruta de ella.

Crónicas marcianas.
Ray Bradbury.
[Traducción de Francisco Abelenda]

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Arruinar un planeta no es bastante, tienen que arruinar otro más. ¿Por qué esos fatuos charlatanes han de ensuciar una casa que no es suya? Cuando llegué aquí no sólo me sentí libre de su falsa cultura, sino también de su moral y sus normas y sus costumbres. Lo único que tengo que hacer, pensé, es matarlos y luego vivir mi propia vida.

Crónicas marcianas.
Ray Bradbury.
[Traducción de Francisco Abelenda]

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Cuando uno quiere hacer algo terrible se miente a sí mismo. Se dice uno que todos los demás están equivocados.

Crónicas marcianas.
Ray Bradbury.
[Traducción de Francisco Abelenda]

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¿Cómo, se preguntó, cómo se creó este mundo? ¿Y por qué? ¿Con qué fin? ¿Por la bondad de una intervención divina? ¿Dios se preocupa tanto de sus criaturas? ¿Cómo y por qué y para qué?

Crónicas marcianas.
Ray Bradbury.
[Traducción de Francisco Abelenda]

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¿Quién es usted para discutir lo que pasa? Aquí estamos. ¿Qué es la vida, de todos modos? ¿Quién decide por qué, para qué o cómo ocurren las cosas? Sólo sabemos que estamos aquí, vivos otra vez, y no hacemos preguntas.

Crónicas marcianas.
Ray Bradbury.
[Traducción de Francisco Abelenda]

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Los amenazó con los puños y les dijo que quería irse de la Tierra; todas las gentes con sentido común querían irse de la Tierra. Antes de que pasaran años iba a estallar una gran guerra atómica, y él no quería estar en la Tierra en ese momento. Él y miles de otros como él, todos los que tuvieran un poco de sentido común, se irían a Marte. Ya lo iban a ver. Escaparían de las guerras, de la censura, el estatismo, la conscripción, el control gubernamental de esto o aquello, del arte o de la ciencia. ¡Qué se quedaran otros!

Crónicas marcianas.
Ray Bradbury.
[Traducción de Francisco Abelenda]

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Contuvo el aliento, inmóvil, esperando.
Se acercaba.
Ocurriría en cualquier momento.
Era como esos días en que se espera en silencio la llegada de una tormenta, y la presión de la atmósfera cambia imperceptiblemente, y el cielo se transforma en ráfagas, sombras y vapores. Los oídos zumban, empieza uno a temblar. El cielo se cubre de manchas y cambia de color, las nubles se oscurecen, las montañas parecen de hierro. Las flores enjauladas emiten débiles suspiros de advertencias. Uno siente un leve estremecimiento en los cabellos. En algún lugar de la casa el reloj parlante dice: “Atención, atención, atención, atención…”, con una voz muy débil, como gotas que caen sobre terciopelo.
Y luego, la tormenta. Resplandores eléctricos, cascadas de agua oscura y truenos negros, cerrándose, para siempre.
Así era ahora. Amenazaba, pero el cielo estaba claro. Se esperan rayos, pero  no había una nube.

Crónicas marcianas.
Ray Bradbury.
[Traducción de Francisco Abelenda]

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No todo está perdido, por supuesto. Todavía estamos a tiempo si evaluamos adecuadamente y por igual a profesores, alumnos y padres, si hacemos de la calidad una responsabilidad compartida, si nos aseguramos de que al cumplir los seis años cualquier niño en cualquier país puede disponer de una biblioteca y aprender casi por ósmosis; entonces las cifras de drogados, bandas callejeras, violaciones y asesinados se reducirán casi a cero.

Fahrenheit 451.
Ray Bradbury.