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*

Algunas se quejan del odio. Pero ésos ignoran que la indiferencia es más terrible que el odio. Porque el odio es como un fuego que quiere destruir, pero quiere destruir a quien considera alguien. El mismo hecho de que quiera destruirlo le hace al menos la justicia de reconocerle un valor. Pero la indiferencia no. La indiferencia es un hielo, un hielo que, mientras lo momifica, le perdona la vida, se la perdona nada más que para eso, para que usted se sienta momia, se sepa momia, en el frío y en la oscuridad de un sarcófago. La indiferencia lo convierte a usted en un cero, en esa nada de la serie aritmética, que no suma, ni resta, ni multiplica, ni divide, que no agrega ni quita y está fuera de todas las operaciones. Porque uno preferiría a veces ser un número negativo, que restase siempre, no importa, pero que, temido u odiado, entrara en los cálculos. Ah, sí, señor. Yo era para ellas esa nada, ese cero.

—Rosaura a las diez.
Marco Denevi.

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—¿Algunas vez ha observado usted a las gallinas?
—¿A las gallinas? Le confieso que no. Vivo en un décimo piso, y allí no tengo gallinas.
—Hay a lo mejor en el gallinero un trozo de comida, pudriéndose en el barro. Ninguna lo recoge. Pero basta que una empiece a picotearlo, para que todas se lo disputen y corran por el gallinero quitándose unas a otras el pedazo de bazofia, y hasta son capaces de pelearse por él y de ensangrentarse las crestas.

—Rosaura a las diez.
Marco Denevi.

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También he soñado que soñaba. ¿Usted no, nunca? No, usted no habrá pasado nunca del primer círculo del sueño. Pero yo sí. Yo soñé que soñaba. Y soñé que despertaba del segundo sueño, del sueño soñado, y decía: «Ah, fue un sueño», y creía estar despierto. Quizá la vida sea eso, un sueño metido dentro de otro. Quizá la vida sea el tercer sueño concéntrico del que uno despierta cuando se muere.

—Rosaura a las diez.
Marco Denevi.

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Digo que estoy despierto, pero sueño. Los sueños continúan pareciéndome realidad. Los rostros que soñé, las cosas que soñé, están aún allí, vivos, vivos, y me rodean. No duermo ya, he recobrado la conciencia, mis nervios tendrían que haberse apoderado ya de mi cerebro, y sin embargo, ¿por qué, por qué mi cerebro sigue destilando sus sueños, por qué los sueños no se me borran, por qué se infiltran en mi conciencia y toman el sitio de la realidad? Porque usted podrá soñar la pesadilla más horripilante, que lo hará sufrir y llorar en el sueño, pero le basta despertar para que, no sólo el sueño, sino también el horror que le provocaba el sueño desaparezcan. Despertar es para usted pasar casi instantáneamente a un mundo claro, fuerte, luminoso, feliz, donde los sueños son desconocidos, o sólo son como el recuerdo de algo que ya le es ajeno. Pero para mí no, para mí no. El dolor, o la voluptuosidad, o la tortura de mi sueño siguen vivos, en mí, siguen presentes, aun después del sueño, y en medio de la realidad diurna, en medio de la realidad de la vigilia me hallo de pronto con aquella tortura, con aquella voluptuosidad, con aquel dolor, tan reales como en el sueño, me los encuentro allí, intactos, como un alga, o una planta negra, como una medusa que permanece viva, que triunfa de la sequedad y de la luz, que atraviesa la tierra y el día. Y entonces los dos mundos se entremezclan, en mí, como dos realidades distintas, distintas, pero igualmente poderosas. Soñar, vivir, ¿dónde está la diferencia? Yo no percibo la diferencia. Para mí es todo lo mismo. Soñar una muerte es vivir esa muerte. Soñar un goce es vivir ese goce. Los sueños deben de imprimir en mi cerebro tantas impresiones, tantas y tan profundas, que lo cubrirán todo, lo dejarán todo maculado con sus improntas, y por eso la realidad, después, ya no encontrará sitio, ya no podrá sino añadir una sobreimpresión que al cerebro le parecerá un nuevo sueño. Sí, sí. Digo bien, un nuevo sueño. Otro sueño.

—Rosaura a las diez.
Marco Denevi.

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—¿Y a qué se debe su fama?
—A varias falacias juntas. La primera: cuando un arte está mudo, porque ya no tiene nada qué decir, se acerca un advenedizo cualquiera, quizás el que  conozca menos ese arte, quizás el que lo ame menos, porque la ignorancia y el desamor lo volverán más atrevido, le retuerce el cuello, le arranca unos gritos de agonía, y de momento todos creen que ese arte resucitó y que esos gritos son su nueva voz. Y cuando se dan cuenta de la equivocación, han corrido ríos de tinta, los cuadros se vendieron, hay en cada museo una sala dedicada al farsante. ¿Quién deshará toda esa gloria?

—Rosaura a las diez.
Marco Denevi.

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—¿Y Leonardo, por ejemplo? ¿Le gusta Leonardo?
—Ah, eso es otra cosa.
—Y, sin embargo, sigue sin entender de pintura.
—Sí, es cierto.
—Entonces, aquello de «será porque yo no entiendo» carece de validez.
—Sí, es cierto.
—No, si un arte tiene que ser entendido sólo por los entendidos, no es arte, es la clave de una logia.
—Pero si usted los oye a ellos…
—¡Ah, sí! «Yo lo veo así», «yo lo entiendo así», le dirá el autor de esos mamarrachos. Pero resulta que nadie más que él lo ve así. «No me importan los demás», seguirá diciéndole. «En arte, sólo importa el artista, el yo creador». Entonces, si su pintura es la realización del «yo lo veo así», ¿por qué no la guarda para él solo? Y si en su pintura los demás no cuentan, entonces, ¿para qué pinta, para quién pinta?
—Sí, se olvidan de la multitud.
—Yo no hablo de la multitud. Hablo del hombre. Se olvidan del hombre. Se olvidan de una verdad tan elemental como ésta: que todo lo que el hombre hace debe tener por destinatario al hombre, porque de lo contrario, ¿a quién, si no? El arte puro. ¿Ha oído usted una estupidez más grande? Es como si alguno dijera: la medicina pura. ¿Quién fue el imbécil que echó a rodar la bola de que el arte vale más cuando menos sirve? Como si servir no fuese, por lo contrario, el destino más alto de todo quehacer humano.
—Así que yo, cuando me reía delante de aquellos cuadros, no estaba equivocado.
—No, estaba en lo cierto. Estaba afirmando su sentido común. Y el sentido común es algo que hay que defender contra esa corrupción de los sentidos que es el arte moderno. Pero le diré: los pintores hacen ahora todas esas cosas raras, porque, en alguna medida, están obligados a hacerlas.
—¿Obligados?
— Sí, a fin de hacernos creer que la pintura, la pintura de caballete al menos, sigue teniendo un objeto. A no ser por esas cosas raras, la pintura de caballete habría desaparecido hace rato.
—¡Qué me cuenta!
—Y le diré más: desde un punto de vista estrictamente artístico, ya ha desaparecido. ¿Un rectángulo de lienzo pintado puede seguir representando, hoy, un «valor»? No, señor. Tuvo ese valor, y lo conserva y lo conservará siempre, cuando en ese rectángulo un artista fijó la realidad cambiante del hombre y de su mundo, contemplándola a través de la visión estética; cuando en el rectángulo quedó aprisionada una imagen que, de lo contrario, se habría perdido para siempre. Pero ahora hay otros medios más fieles y más poderosos de aprehensión y de fijación: la fotografía, la cinematografía. Sí, medios artísticos, potentes, perfectos que permiten todo lo que permitía la pintura, y todavía más, aunque los pintores digan lo contrario. La pintura de caballete ya no «sirve» al hombre. Despojada de objeto, está condenada a desaparecer. Subsistirá, a lo sumo, la decoración mural, y no sé hasta qué punto, porque ya nadie le pide ni eso a la pintura artística.
—Así que, según usted, los cuadros ya no sirven para nada.
—No sé qué sentido le da usted a la palabra «servir». Pero si la emplea tal como la empleo yo, sí, los cuadros ya no sirven al hombre. Porque no creo que sirvan a un hombre porque sirvan a un millonario para adornar las paredes de su casa. Sería un objeto bien humilde. Menos que humilde, humillante. Un objeto bastardo y minúsculo que convertiría al pintor en un histrión moderno. No, un cuadro sirvió, y sigue sirviendo, cuando nació para satisfacer aquella necesidad del espíritu que hoy se satisface con la cámara cinematográfica o con la cámara fotográfica, si, desde luego, las maneja un artista. La cámara es la gran competidora y la gran vencedora de la pintura. Pero los pintores no quieren reconocerlo. Nos ocultan la vacuidad actual de su arte. Quieren convencernos de que, si siguen pintando cuadros, es porque con ellos responden a una apetencia del hombre que la cámara no podrá llenar jamás. «La pintura por encima de la kodak» es su credo. Y para que la pintura esté por encima, o por debajo, de la kodak, llenan el rectángulo de lienzo con los círculos y los cubos que usted vio, o deforman, desfiguran, caricaturizan la visión humana de las cosas, y después nos muestran el cuadro y nos dicen: «He aquí la pintura». Hasta la técnica, la simple técnica, han perdido. El más modesto pintor italiano o flamenco del siglo XVI se avergonzaría de pintar como el más famoso pintor de ahora. Mire, yo a veces tengo que restaurar cuadros que no cuentan más de diez años, y me pregunto cómo es posible que alguien que se nombra pintor, qué quizá se diga artista, ignore hasta ese punto las reglas más elementales del oficio, porque es como si un arquitecto levantase un edificio y el edificio, a los diez años, se viniese al suelo.

—Rosaura a las diez.
Marco Denevi.

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«Cuénteme algo de su vida», dijo ella. Me quedé un rato en silencio. Después comencé a hablar. Hablé mucho. Hablé de cosas que nunca había dicho a nadie. Cosas que uno lleva adentro. No sé por qué, pero tenía deseos de desahogarme, de confiarme a alguien, de encontrar en la oscuridad una mano que apretarse la mía, de oír una voz que me dijese: te comprendo.

—Rosaura a las diez.
Marco Denevi.

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Es que mire, desgraciadamente, odiamos a quienes se empeñan en buscar en nosotros una excelencia que no tenemos. A la gente le perdonamos muchas cosas, menos que nos obliguen a poner al descubierto un agujero en la media. No guardamos un centavo en el bolsillo y está bien, estamos contentos, pero viene un tipo y nos dice: «Prestame un peso», y a ese tipo lo odiamos, lo odiamos nada más que porque no obligó a confesar una cosa que, sin eso, no dejaba tan tranquilos.

—Rosaura a las diez.
Marco Denevi.

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Usted sabe, la corrupción proporciona una felicidad, claro, al corruptor, que consiste en el asombro, en el desorden de la víctima. Es una felicidad de la misma categoría que la que siente usted, o la que siento yo, bueno, la que siente cualquiera, cuando revela un secreto, un secreto honesto, se entiende, que deja estupefactos a los que lo oyen. Hay toda una serie de placeres homogéneos. Usted está en un teatro, hay un gran silencio, y a usted le agarra la tentación de gritar, a ver qué pasa. O ve dos tipos jugando al ajedrez y usted piensa: «Qué lindo mezclarles todas las piezas con la mano».

—Rosaura a las diez.
Marco Denevi.

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Odio, en una palabra. Y un odio de la peor especie, porque su causa está en el sujeto que odia, están en el propio tipo que odia. Él lleva consigo mismo el motivo, el objeto de su odio. Es sujeto y objeto de su propio odio, ¿me entiende? Y para esta clase de odio no hay remedio. Acuérdese de Nietzsche: no hay redención para el que sufre de sí mismo, a no ser una muerte súbita.

—Rosaura a las diez.
Marco Denevi.

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Son todas buenas personas, pero muy ignorantes, gente que no ha leído, que no ha profundizado, que no ha salido nunca del medio metro cuadrado donde nacieron. Entonces, ¿cómo voy a hablar del mar con la rana que nunca salió de su charco? Gentes así no están capacitadas para interpretar, para juzgar in tuitu personae. Se quedan en el contorno, se conforman con la fachada postiza del mundo. En cambio, y permítame la vanidad, yo no, yo soy de aquellos que no ignoran que la realidad tiene dos caras, qué dos caras, veinte caras, cien caras, y que la cara que más a menudo nos muestra es falta y hay que saber buscarle la verdadera.

—Rosaura a las diez.
Marco Denevi.

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¿Y eso tiene lógica? La vida, amigo mío, la vida es la rueda del karma.

—Rosaura a las diez.
Marco Denevi.

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La experiencia me ha explicado, señor mío, que el amor entre un hombre y una mujer, aunque sea el amor más frenético del mundo, si tiene que vivir a costa de los otros amores, si tiene que chuparles la savia a los otros amores, termina por enfermarse.

—Rosaura a las diez.
Marco Denevi.

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Habrá sido su carácter, no digo que no, pero a mí me chocaba tanta pasividad, tan poco nervio. Será porque yo estoy hecha de otra madera. A mí no hay sentimiento o idea que se me pudra dentro. Yo tengo que hablar, que gritar, que decir lo que pienso.

—Rosaura a las diez.
Marco Denevi.

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Qué diga ni qué niño muerto. Para el corazón de una mujer no hay más dignidad que la del amor, y el resto es música.
 
—Rosaura a las diez.
Marco Denevi.

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[…] a no darse por enterados de que sufría, de que quizás necesitaba una palabra de consuelo, una de esas palabras hermosas que se dicen en las novelas, pero que en la vida diaria nadie se siente capaz de pronunciar. ¡Ah, misterios de este pícaro corazón, señor mío, misterio de este pícaro corazón humano!

—Rosaura a las diez.
Marco Denevi.

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Cuando Camilo me contaba todo esto, yo pensaba: vea, vea qué castillos construye un hombre, y más si es un hombre solitario, en cuanto una mujer le ha demostrado algún interés, alguna amabilidad. En seguida hacen una novela. En seguida creen que la mujer está loca por ellos. Por eso, como yo digo siempre, la mujer, si no anda el amor de por medio, que no le dé a un hombre ni la extremaunción, porque si no, el hombre se cree con derecho a todo.

—Rosaura a las diez.
Marco Denevi.

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Porque este Camilo, en cuanto le tocan el tema de los cuadros, sabe hablar como un libro abierto, y se entusiasma, y hasta pierde la timidez. Porque él es de los que creen que el mundo está pendiente de lo que borronean cuatro locos de barba, y que si uno de los locos puso azul donde debía ir verde, o viceversa, la gente ha de mesarse los cabellos y las naciones se declararán la guerra.

—Rosaura a las diez.
Marco Denevi.

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Ah, señor, como yo digo: la gente instruida es tan mala como la ignorante, sólo que con más argumentos.

—Rosaura a las diez.
Marco Denevi.

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He estado reflexionando largamente acerca de nuestra conversación de ayer, mejor dicho, acerca de sus palabras de ayer. Palabras hermosas y nuevas, para mí. Palabras que nunca había escuchado antes. Palabras que trastornan el universo de juicios y de conceptos.
—Rosaura a las diez.
Marco Denevi.