Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir.
–No sé por qué me salvó la vida. Quizás en los últimos momentos amó la vida más que nunca. No sólo la suya, la de cualquiera… la mía. Buscaba las mismas respuestas que buscamos todos. ¿De dónde vengo? ¿Adónde voy? ¿Cuánto tiempo tengo? Y sólo pude verlo morir.
—Cita de Blade Runner en Los ojos del perro siberiano.
Antonio Santa Ana.
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*
Miedo al rechazo… Hermanito, voy a decirte algo, tal vez lo único que aprendí de mi corta vida. Si la cuerda no fuera tal delgada, no tendría gracia caminar por ella.
—Los ojos del perro siberiano.
Antonio Santa Ana.
—Los ojos del perro siberiano.
Antonio Santa Ana.
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Todos los muertos están solos. Todos. Ezequiel en el cajón parecía más solo todavía. Tenía la soledad de los muertos, de todos los muertos, pero también, la soledad de la muerte joven. La soledad de una muerte negada por su familia.
—Los ojos del perro siberiano.
Antonio Santa Ana.
—Los ojos del perro siberiano.
Antonio Santa Ana.
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Como si fuera más digo morirse de leucemia que de SIDA. Como si fuera indigno ser sidoso. Como si en la muerte hubiera alguna dignidad.
—Los ojos del perro siberiano.
Antonio Santa Ana.
—Los ojos del perro siberiano.
Antonio Santa Ana.
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Lo recuerdo porque estaba anotado una frase, en esa época tomé la costumbre de anotar las frases de los libros que me gustan en una libreta, una frase que decía: “para oír, hay que callar”. No sé por qué me gustó tanto. Aún hoy, que conservo la libreta, puedo leerla con mi letra temblorosa de entonces.
—Los ojos del perro siberiano.
Antonio Santa Ana.
—Los ojos del perro siberiano.
Antonio Santa Ana.
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Ezequiel era un gran lector, y me recomendaba libros con gran tino.
–No importa si los entendés o no; si te gustan dejáte llevar por las palabras, que sean como música en tus oídos —me decía.
En todos los libros que me prestaba yo trataba de encontrar sus rastros, el por qué le habían gustado. Tantas veces me desilusioné con gente que me prestaba o recomendaba libros que no me gustaban. Siempre, lo primero que busco en los libros son las huellas del otro, del que me los alcanza.
Los libros habían sido importantes en mi vida, y el poder compartirlos con él le daba un nuevo significado a nuestra relación.
—Los ojos del perro siberiano.
Antonio Santa Ana.
–No importa si los entendés o no; si te gustan dejáte llevar por las palabras, que sean como música en tus oídos —me decía.
En todos los libros que me prestaba yo trataba de encontrar sus rastros, el por qué le habían gustado. Tantas veces me desilusioné con gente que me prestaba o recomendaba libros que no me gustaban. Siempre, lo primero que busco en los libros son las huellas del otro, del que me los alcanza.
Los libros habían sido importantes en mi vida, y el poder compartirlos con él le daba un nuevo significado a nuestra relación.
—Los ojos del perro siberiano.
Antonio Santa Ana.
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Uno nunca termina de conocer del todo a las personas —me dijo—, ni aun a las más cercanas, padre, madre, hermanos, hermanas, marino, mujer. Siempre hay una zona de cada uno que permanece oscura, alejada por completo de los demás. Una zona de pensamiento, de sentimientos, de actividades, de cualquier cosa. Pero siempre hay un lugar de nosotros en el que no dejamos que entre nadie más. Yo creo que eso es lo que hace a las relaciones con los demás tan interesantes, esa certeza que, aunque nos lo propongamos, nunca los vamos a conocer del todo.
—Los ojos del perro siberiano.
Antonio Santa Ana.
—Los ojos del perro siberiano.
Antonio Santa Ana.
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Mirá, lo único cierto que sabemos todos de la vida es que nos vamos a morir. Y lo único incierto es el momento. Digamos que al enterarme que lo incierto avanza sobre lo cierto, me propuse no morirme hasta no poder tocar la Suite No. 1 en Sol mayor de Bach. Y se rió.
—Los ojos del perro siberiano.
Antonio Santa Ana.
—Los ojos del perro siberiano.
Antonio Santa Ana.
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Cuando salí, todos se habían acostado. Eran miles las cosas que no podía entender, lo único que sentía era que había algo que no encajaba con el mundo.
Y que ese algo era yo.
—Los ojos del perro siberiano.
Antonio Santa Ana.
Y que ese algo era yo.
—Los ojos del perro siberiano.
Antonio Santa Ana.
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En un libro que leí a los diecisiete, pero que me hubiese gustado leer a los doce, dice algo así como que el hombre necesita del misterio como del pan y el aire, necesita de las casas embrujadas, de las personas innombrables, de las calles sin retorno que hay que esquivar. El misterio.
—Los ojos del perro siberiano.
Antonio Santa Ana.
—Los ojos del perro siberiano.
Antonio Santa Ana.
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Su nombre había sido tantas veces susurrado, tantas otras callado, que se había convertido en un enigma, en un misterio. Eso siempre es atrayente.
—Los ojos del perro siberiano.
Antonio Santa Ana.
—Los ojos del perro siberiano.
Antonio Santa Ana.
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Hay muchos que piensan que nuestro destino ya está escrito, que ninguna de nuestras acciones es fruto del azar, que nada de lo que hagamos puede modificar nada. Me cuesta creerlo.
Me cuesta creer que toda esta confusión es sólo producto del destino.
Me gustaría que mi todo volviera a estar en orden, tranquilo como hoy está el río.
No sentirme tironeado por obligaciones y deberes que no sé si son correctos.
Pero, ¿qué es lo correcto?
—Los ojos del perro siberiano.
Antonio Santa Ana.
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Decidí ir a comprarme un libro a la librería del shopping. No lo sabía en esos años y no estoy seguro de estar en lo cierto ahora, pero sospecho que uno se hace lector para completar lo inacabado. Para completarse y así conforme van pasando los años van cambiando los gustos y nos parece mentira que hayamos disfrutado ciertos textos, que después creemos execrables.
Seguramente no pensaba en eso cuando caminaba por San Isidro para ir a buscar un libro que me liberase de la angustia.
—Los ojos del perro siberiano.
Antonio Santa Ana.
Seguramente no pensaba en eso cuando caminaba por San Isidro para ir a buscar un libro que me liberase de la angustia.
—Los ojos del perro siberiano.
Antonio Santa Ana.
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–Nada más. Nos separa un abismo.
–Tal vez lo bueno de los abismos sea —concluyó la abuela— que se pueden hacer puentes para cruzarlos.
—Los ojos del perro siberiano.
Antonio Santa Ana.
–Tal vez lo bueno de los abismos sea —concluyó la abuela— que se pueden hacer puentes para cruzarlos.
—Los ojos del perro siberiano.
Antonio Santa Ana.
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En esos días comencé a tener una pesadilla que me persiguió por años.
Un viajero sediento camina por el desierto, ve la sombra de un ave de rapiña, pero no al ave. Si mira hacia el cielo el sol lo ciega. Sólo ve la sombra amenazante haciendo círculos cada vez más cerrados, cada vez más cerca.
—Los ojos del perro siberiano.
Antonio Santa Ana.
Un viajero sediento camina por el desierto, ve la sombra de un ave de rapiña, pero no al ave. Si mira hacia el cielo el sol lo ciega. Sólo ve la sombra amenazante haciendo círculos cada vez más cerrados, cada vez más cerca.
—Los ojos del perro siberiano.
Antonio Santa Ana.
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–Pero lo que no puedo creer es que los maten.
–La gente no entiende nunca al que es diferente. En una época los metían en manicomios, en otras en campos de concentración. —Suspiró—. La gente le tiene miedo a lo que no entiende. Si la sociedad margina a los que son diferentes, qué destino puede tener un perro que tiene las orejas un poco más grandes.
—Los ojos del perro siberiano.
Antonio Santa Ana.
–La gente no entiende nunca al que es diferente. En una época los metían en manicomios, en otras en campos de concentración. —Suspiró—. La gente le tiene miedo a lo que no entiende. Si la sociedad margina a los que son diferentes, qué destino puede tener un perro que tiene las orejas un poco más grandes.
—Los ojos del perro siberiano.
Antonio Santa Ana.
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Se supone que a los amigos se los elige. A Mariano yo nunca supe si lo elegí o si cuando llegué al mundo simplemente él me estaba esperando.
—Los ojos del perro siberiano.
Antonio Santa Ana.
—Los ojos del perro siberiano.
Antonio Santa Ana.
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Es terrible darse cuenta de que uno tiene algo cuando lo está perdiendo.
—Los ojos del perro siberiano.
Antonio Santa Ana.
—Los ojos del perro siberiano.
Antonio Santa Ana.